Periódico El Vocero
21 de enero de 2009
Juan Lara
El filósofo marxista italiano Antonio Gramsci sentenció que el pesimismo es un asunto de la inteligencia y el optimismo es de la voluntad. El análisis racional y frío de la realidad—o sea, el ejercicio de la inteligencia—conduce inevitablemente a proyecciones pesimistas cuando las condiciones objetivas son verdaderamente difíciles. Sin embargo, eso no le cierra la puerta al optimismo, porque éste nace de la determinación de las personas de cambiar la realidad, por difícil que sea.
El filósofo marxista italiano Antonio Gramsci sentenció que el pesimismo es un asunto de la inteligencia y el optimismo es de la voluntad. El análisis racional y frío de la realidad—o sea, el ejercicio de la inteligencia—conduce inevitablemente a proyecciones pesimistas cuando las condiciones objetivas son verdaderamente difíciles. Sin embargo, eso no le cierra la puerta al optimismo, porque éste nace de la determinación de las personas de cambiar la realidad, por difícil que sea.
En una situación de crisis como la que atraviesa Puerto Rico, hay siempre quienes dicen que no se deben hacer proyecciones pesimistas, aunque sean objetivas. Estas personas quieren abolir el pesimismo de la inteligencia, que es lo mismo que querer tapar el cielo con la mano. Esa no es la ruta. Lo que hay que hacer es mantener el pesimismo a raya, confrontándolo con el optimismo de la voluntad.
Este pensamiento de Gramsci me lo recordó una profesora chilena de Harvard que me escuchó en San Juan hace dos semanas mientras le hablaba a un grupo de estudiantes visitantes sobre la situación económica de Puerto Rico. La pertinencia para nosotros es obvia: ante las pésimas condiciones económicas y sociales que prevalecen en la Isla, no podemos quedarnos atrapados en el diagnóstico pesimista; hay que pasar a la acción. Pero la acción no puede basarse en la negación de la realidad; el optimismo no puede ser fantasioso.
Con esto en mente, pensemos en la polémica suscitada por las propuestas del Comité Asesor para la Reforma Económica y Fiscal (CAREF). Las reacciones a las propuestas cubren todo el espectro de posturas imaginables: desde la negación de la realidad (¡No hay tal crisis!) hasta la afirmación de que todo se puede resolver con una fórmula sencilla (¡Boten 20,000 empleados públicos!, dicen algunos; ¡Que paguen los bancos!, dicen otros). Lo que ha estado ausente en la reacción de casi todos los sectores es la voluntad de buscar un espacio para la concertación; es decir, para negociar la distribución de la carga del ajuste fiscal entre todos. En estos momentos de incertidumbre y tensión, hay que ser optimista para pensar que se puede iniciar un proceso de concertación, pero eso es parte del optimismo de la voluntad que nos hace falta.
La próxima ronda de recomendaciones del CAREF es aún más controvertible que la que acaba de concluir, ya que en su próximo informe el comité hablará de medidas estructurales para sostener el crecimiento económico a mediano y largo plazo. Si no podemos saltar la primera valla—la del ajuste fiscal—es imposible que tan siquiera lleguemos a la próxima—la del ajuste estructural. La situación objetiva es mala de por sí; lo peor que podríamos hacer ahora es dejarnos caer en el pesimismo de la voluntad.


