Tuesday, October 21

Ni con Laffer, ni con Keynes

Juan Lara

El Vocero - 9 de septiembre de 2008

En el debate sobre la reducción de las tasas contributivas hay dos voces que son importante distinguir: una que parece decir que la reducción de tasas por sí sola basta para resolver la mayor parte de nuestros problemas económicos, y otra que dice que las tasas tienen que bajarse, pero que sólo se puede hacer responsablemente en el contexto de una verdadera reforma fiscal.

Yo soy de los que cantan con esa segunda voz, aunque desafine.

Se está comunicando la idea de que con una reducción súbita y fuerte de las tasas contributivas se le puede dar un impulso a la economía suficiente para ponerle fin a la recesión. Debo aclarar que esto no es lo que dice el estudio que hizo sobre el tema el economista Gustavo Vélez y que se ha citado ampliamente.

De hecho, el referido estudio lo que dice es que bajar las tasas provocará de inmediato un aumento del déficit público y que su efecto favorable ocurriría a mediano plazo, y esto último sólo si el precio del petróleo lo permite. Ello no impide, sin embargo, que se cite el estudio de Vélez para apoyar la propuesta descrita.

La idea de que la reducción de tasas contributivas puede acabar con la recesión tiene su fundamento teórico en dos conceptos económicos: el efecto Laffer y el efecto Keynes. Ninguno de los dos funcionaría en nuestras circunstancias, por lo cual, en nuestro caso, no podemos contar con Laffer ni con Keynes. Confiar en la operación de estos efectos es lo mismo que esperar que una hada madrina nos saque de la estanflación (recesión con inflación) en la que estamos.

Antes de explicar por qué no podemos contar con Laffer ni con Keynes, conviene explicar brevemente qué son estos efectos. En el caso del efecto Laffer (que viene de Arthur Laffer, el economista que le dio forma), la idea es que al reducirse las tasas contributivas tanto las personas como las empresas aumentan su esfuerzo de producción, lo cual hace que la economía crezca con más vigor.

Esto, a su vez, hace que aumenten los recaudos del Gobierno, ya que una economía más vigorosa produce más ingresos contributivos para el estado. Así que lo que Laffer plantea es una opción muy atractiva para cualquier político: bajamos las tasas contributivas, con lo cual ganamos votos, y a la misma vez aumentamos la recaudación total de impuestos. Diríase que es lo mejor de dos mundos, si funcionara.

Hay que aclarar que para que este efecto ocurra la economía tiene que estar en una situación en la que las tasas contributivas son tan altas que resultan asfixiantes para las personas y las empresas. Sin duda ese es el caso en Puerto Rico, pero sólo para una minoría de personas y empresas que son las que sobrellevan una carga onerosa.

Como se sabe, muchas empresas tienen tasas efectivas bastante bajas -en algunos casos, demasiado bajas- y muchas personas tienen “la suerte” de poder radicar “planillas maquilladas” impunemente, gracias a la laxitud de Hacienda. De ahí que sea verdaderamente justo bajarle las tasas a los que están ahogados, pero es para hacer justicia contributiva, no porque nuestra economía esté atrapada en una “trampa de Laffer”. Y esto hay que hacerlo en el contexto de una reforma fiscal que, entre otras cosas, se asegure de poner a pagar a los que ahora no pagan.

El efecto Keynes es más sencillo, y más real. En este caso se trata de que la reducción en las tasas contributivas ocasiona un aumento inmediato en el ingreso disponible de las personas y la empresas, lo cual, a su vez, provoca un aumento en el gasto agregado y en la actividad económica en general. Este efecto lo describió durante la Gran Depresión el economista inglés John Maynard Keynes, una de las más grandes figuras del Siglo XX.

Las ideas de Laffer tuvieron su origen y su apogeo durante el ascenso de Ronald Reagan a la presidencia de Estados Unidos. En el primero de los dos términos de Reagan se hizo un experimento con la curva de Laffer; el gobierno recortó los impuestos con la expectativa de reavivar la economía y terminar recaudando más contribuciones, en lugar de menos. El experimento fracasó.

Los recaudos no aumentaron; lo que aumentó, y de modo dramático, fue el déficit del Gobierno Federal, y el brote de productividad prometido no se llegó a dar. Irónicamente, lo que sí funcionó fue el efecto Keynes. La economía de Estados Unidos tuvo un aumento formidable en la demanda agregada, gracias al aumento del ingreso disponible provocado por la reducción de impuestos. El efecto Keynes le dio al país unos años de crecimiento económico vigoroso.
¿Por qué funcionó el efecto Keynes en la primera administración de Reagan? Porque el enorme déficit fiscal que se produjo con la reducción de impuestos resultó muy fácil de financiar. Lo financiaron principalmente los japoneses, y en menor medida los alemanes y otros extranjeros.
Reagan tuvo la suerte de que existía en el mundo un gran apetito por los bonos del Tesoro. De no haber sido así, el efecto Keynes tampoco hubiera funcionado, ya que el déficit fiscal hubiera cancelado el efecto del aumento en el ingreso disponible de las empresas y las personas.

En Puerto Rico, no hay por qué pensar que el efecto Laffer funcionará mejor que lo que funcionó en Estados Unidos en los días de Reagan. Lamentablemente, tampoco podemos pensar que el efecto Keynes funcionará aquí como sí funcionó allá en aquellos tiempos. La razón es que nosotros no tenemos hordas de bonistas -sean americanos, japoneses, alemanes o chinos- ávidos de comprar los bonos de nuestro gobierno.

Al contrario, no hace mucho estuvieron a punto de tirar nuestros bonos a chatarra, precisamente porque no les gusta que nuestro gobierno tenga un déficit.

Si recortamos las tasas contributivas en forma aislada, sin tomar otras medidas necesarias, lo que haremos será aumentar el ya abultado déficit del gobierno. El ingreso disponible de las personas aumentará, pero su efecto en el gasto no podrá ponerle fin a la recesión porque el déficit del gobierno obligará a recortar el gasto por algún otro lado, a menos que aparezca, como en las películas de vaqueros, la caballería de bonistas al rescate.

Tenemos que aceptar la realidad de que ninguna solución simple nos va a librar de la reforma fiscal que tenemos que hacer. Hay que tomar decisiones difíciles, y hay que hacerlo con el criterio de repartir del costo del ajuste de manera equitativa. Si no podemos contar con Laffer ni con Keynes, entonces ¿con quién? Pues con nosotros mismos. No hay otra.

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